LA RUTA NIPONA: NIKKO (MAUSOLEOS, CEDROS Y ESTATUAS FANTASMA)



La pequeña ciudad de Nikko (90.000 habitantes) , a escasas dos horas de la capital nipona, bien merece ser visitada, por el viajero que necesita evadirse al menos durante un día de la apabullante Tokio. Digamos que es un "must" en nuestra ruta nipona, ya que reúne en perfecta comunión la belleza arquitectónica de sus templos, enclavados en la naturaleza.




Conforme llegamos a Nikko, dejamos atrás las llanuras y ante nosotros se erige un paisaje escarpado y montañoso de naturaleza exuberante (será tónica habitual en la verde Japón), es la tarjeta de presentación a los espectaculares santuarios de Nikko y su Parque Nacional. (declarados Patrimonio de la Humanidad)

Para acceder al complejo de santuarios, situados entre verdes laderas y bosques de inmensos cedros, la mejor manera es moverse en autobús y a partir de allí ir subiendo paulatinamente toda una maratón de empinadas escaleras.





Hasta al lado de unos urinarios públicos, podemos encontrar estas evocadoras estampas


Antes de comenzar la excursión tiremos un poco de datos históricos para hacernos a la idea de la importancia de este lugar.


Animada charla de sobremesa nipona


Nikko es uno de los principales destinos turísticos japoneses, Patrimonio de la Humanidad desde Diciembre de 1999 y desde antes ya era Parque Nacional japonés (1934) y desde mucho antes, (Siglo VIII - XVII) uno de los centros de budismo más importantes de Japón.


Tumba de Tokugawa Ieyasu



Nikko fue fundado por el monje budista Shodo Shonin. Con 7 años de edad recibe la misión divina de subir al Monte Nantai y en el año 782 funda el templo de Shinhonryu-ji, precedente del actual Rinnoji.
En 1616 el gran shogun Tokugawa Ieyasu elige Nikko como emplazamiento para su mausoleo. 

Shikyusha (Establo sagrado) famoso por el relieve de sus tres monos sabios



Puerta principal del Toshogu: Paraíso para los amantes de la talla en madera



Las hordas excursiones de jóvenes estudiantes es habitual


Su santuario principal, Toshogu, se reconstruyó con un ejército de 15.000 artesanos que tardaron años en terminarlo, la grandeza de Nikko, es espectacular, una muestra del poder de una familia que dominó Japón durante más de dos siglos.

Curioso relieve que cuentan, fue tallado por un maestro carpintero que jamás vió un elefante en su vida


Toneles de sake

Nio, guardián de Buda, es habitual encontrarlos en las puertas de acceso a los santuarios


























Pero sin duda alguna, después de un largo recorrido por los templos y santuarios de la añeja Nikko, nos aguardaba una de las postales más recordadas y perturbadoras en nuestro viaje a Japón, el paseo por el Abismo de Kanmangafuchi, para llegar a este lugar con nombre tan prometedor, hay que regresar al pueblo y cruzarlo buscando el puente Shinkyo que pasa sobre el río Daiyagawa.





Es justo aquí, ya alejados de los bulliciosos templos, empieza un angosto sendero junto al río, en un paraje silencioso, solo roto por la furia de la corriente de agua y donde casi no penetran los rayos solares por su espesura, nos adentramos por el sendero ante la atenta mirada de las jizó, unas estatuas que custodian a los niños pequeños y los viajeros.






Cuentan que originalmente había unas 100 estatuas, actualmente quedan 70 debido a las inundaciones de 1902, pese a ese dato se las sigue conociendo como Bake jizó (jizos fantasma) procede de la creencia de que las estatuas juegan con los viajeros escondiéndose o cambiándose de sitio, algo que hace imposible contarlas con exactitud. Ninguna de estas estatuas tienen los mismos rasgos faciales.











Incluso omitiendo esta leyenda, es imposible caminar por la soledad de este antiguo bosque y no sentirse tremendamente impactado por el misticismo y la paz que desprende...

Por mucho que quiera narraros y poner fotos, es imposible intentar situaros en tan mágico lugar.

Y así de impactados, emprendemos el camino de regreso a Tokio.

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