Sparwasser, el héroe de nadie



Coincidiendo con el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, recupero aquí un artículo acerca del partido más politizado de la historia de los Mundiales de fútbol: el que disputaron las dos Alemanias en 1974. Nunca se habían enfrentado sobre un terreno de juego y nunca lo volverían a hacer en los 40 años de artificial división entre la RFA y la RDA.


Sólo el bombo caprichoso del Mundial les obligó a competir. Y, para sorpresa de muchos, ambos equipos pudieron sonreir tras el partido: primero los germano-orientales, que dieron la campanada con su victoria por 0-1 frente a los anfitriones. Y luego el propio equipo de la RFA, al que la derrota en el ‘derby’ germano le sirvió, paradójicamente, para esquivar el grupo más difícil y acceder a la final, en la que terminarían coronándose contra la Holanda de Cruyff. Tal es así que Franz Beckenbauer, capitán occidental, reconoció que de haber recibido dos medallas de campeón una se la habría hecho llegar a Jürgen Sparwasser, el autor del gol que desequilibró el único encuentro entre las dos Alemanias. Sobre él va esta historia:


Jurgen Sparwasser tal vez no fue el mejor futbolista que dio la RDA durante sus cuatro décadas de existencia, o tal vez sí. En cualquier caso, pocas carreras como la suya se vieron tan influidas por el tiempo que le toco vivir desde el terreno de juego y, sobre todo, tan marcadas por un gol, una ciudad y una fecha: el que logró en Hamburgo en 1974.


La suya bien podría haber sido una historia más de un jugador más. Con una técnica muy aseada y unas cualidades que bien merecieron mayor relumbrón, sí, pero un jugador más al fin y al cabo. Y seguramente él mismo lo hubiese preferido así. Sin embargo, para Jürgen Sparwasser siempre habrá un antes y un después del 22 de junio de 1974. Aquella tarde, la historia se enfundó la camiseta de la ‘DDR’ con el 14 a la espalda para arrebatar a un espigado y prometedor mediapunta del anonimato masivo.


Sparwasser vio la luz en 1948, el mismo año en el que los expertos sitúan el comienzo de la Guerra Fría. La tensión larvada entre los dos bloques, el comunista y el capitalista, se sufrió en Alemania de manera más cruda y directa que en cualquier otro rincón de Europa, ya que provocó la división del país en dos estados separados por un ‘telón de acero’. Al protagonista de este artículo le tocó nacer al este de aquella enorme cicatriz.






Paradójicamente, Alemania Occidental tuvo en Sparwasser una importancia capital desde edad temprana. En 1965, dos goles suyos en la final contra Inglaterra le dieron la victoria a la selección germano-oriental en el Campeonato Europeo juvenil que se disputó en la RFA. Siete años más tarde, Múnich acogió los Juegos Olímpicos. Jürgen tomó parte como integrante del combinado que logró la medalla de bronce. Y, dos temporadas después, confirmaría en suelo ‘federal’ su mejor curso como futbolista: el de 1974.



En aquel periodo, el Magdeburgo había alcanzado una velocidad de crucero que le granjeaba muchas victorias, tanto en la competición doméstica -la Oberliga- como en la Recopa de Europa. Ambos trofeos fueron a parar a las vitrinas del club blanquiazul y en los dos logros tuvo mucho que ver el papel de Sparwasser, un mediapunta con caída a bandas que también podía desenvolverse como ariete o medio ofensivo. La consecución de la Recopa fue especialmente celebrada, por lo que de excepcional tenía que un título continental fuera a caer en manos de unos futbolistas de la RDA (de hecho, fue la única ocasión en que esto sucedió). Las semifinales, contra el Sporting Lisboa, contaron con la participación decisiva de ‘Spari’, que con un gol en la ida y otro en la vuelta dejó encarrilada la presencia de su club en la final de Rotterdam. Sólo 4.000 aficionados, la mayoría italianos, presenciaron el 2-0 que los hombres de Heinz Krügel infligieron al todopoderoso Milan de Rivera. Sparwasser no marcó, pero vivió desde el césped aquel éxtasis europeo.



Así que el Mundial de Alemania llegó no sólo en el mejor momento de Jürgen y su club, sino en el punto más álgido del fútbol en un país que dedicaba más fondos al atletismo o a la natación por su mayor rentabilidad olímpica. En este punto es necesario señalar que la RDA atravesaba en 1974 su mejor ciclo histórico también en lo económico y en lo social, y que parecía por fin consolidarse la extraña coexistencia de dos Alemanias, vueltas de espaldas para no tener que mirarse. Pero el bombo del Mundial las obligó.
El morboso último partido del grupo A se salpimentó además con un escándalo de espionaje: un estrecho colaborador del canciller federal Willy Brandt resultó agente de la policía secreta de la RDA, la Stasi. En ese ambiente saltaron los 22 alemanes al tapete de Hamburgo para dirimir algo más que el primer puesto de un grupo mundialista.



“Si en mi lápida pusieran ‘Hamburgo, 1974′, todos sabrían quién yace debajo”, ha afirmado Sparwasser con acierto y sin una pizca de vanidad. Corría el minuto 77 de ese duelo entre compatriotas y el 0-0 campeaba en el electrónico. De repente, la Alemania visitante recupera un balón en su terreno, es ‘Spari’ quien arranca la carrera, cruza el centro del campo y encara a los tres defensas occidentales (Beckenbauer, Vogts y Höttges); sigue galopando y es justo en ese punto, cuando Jürgen pisa ya el área de la RFA, cuando su propia su vida cambia de rumbo y, en un espasmo, se convierte en algo que no busca. Latigazo seco. Sepp Maier cae, pero las mallas se ondulan por efecto del balón. Gol.




Lejos de erigirse en un ídolo para su país, Jürgen comenzó a ser visto con recelo, cuando no con odio mal disimulado, por parte de sus conciudadanos. Según Heiko Puechel, especialista en fútbol germano-oriental, “más de la mitad de la población de la RDA se sentía alemana por encima de su propio estado y apoyaba a la selección de la RFA”. La figura de Sparwasser, que para colmo empezó a ser utilizada con fines propagandísticos por parte del régimen comunista, dejó de contar con la admiración de los jóvenes. Incluso deportivamente, aquel fue un gol inoportuno: de haber concluido segunda de grupo, la RDA habría evitado en la siguiente fase a Holanda, Brasil y Polonia, verdugos que le impidieron luchar por el podio. Jürgen trató de aislarse de todo ello para proseguir con su carrera. Aunque los jugadores germano-orientales no podían salir de la Oberliga, algunos recibían mareantes ofertas de los clubs de la Bundesliga para cruzar la frontera. Fue su caso: rechazó un traspaso de 350.000 marcos alegando ser “hijo de familia trabajadora” y despreciando “el lujo y el dinero” que le ofrecía el Bayern de Múnich.




En 1979, la cadera de este inteligente, técnico y explosivo jugador, algo irregular pero con innegables dotes de liderazgo, dijo basta. Los médicos le enseñaron el camino del quirófano y él se negó. Colgó las botas a los 31 años.La RDA ya no era el paraíso comunista que aparentaba sólo un lustro atrás. Jürgen, harto de los rumores que le adjudicaban una casa o un coche a cambio de sonreir en los actos del partido, decidió rebelarse: hasta en tres ocasiones rechazó la propuesta oficial de convertirse en técnico del Magdeburgo, un cargo con evidentes conexiones políticas. En represalia, su doctorado en Pedagogía nunca vio la luz. Durante largo tiempo, el mítico Sparwasser desempeñó tareas menores en el cuerpo técnico de un Magdeburgo muy venido a menos.
Hasta que en enero de 1988 fue invitado a ir a la RFA para participar en un partido de veteranos. Nunca volvió a pisar Alemania Oriental. “No podía quedarme en mí país: tanta mentira, tanta propaganda…” declaró. Su mujer, Christa, pudo reencontrarse con él en la República Federal, pero no su hija de 19 años. “La adaptación de Sparwasser a la República Federal no fue nada cómoda. Los diarios conservadores lo acusaban de haber sido afiliado al SED [partido único en la RDA] mientras que la gran mayoría seguían recordándole el gol de Hamburgo”, rememora Puechel. Dirigió a dos equipos en la Bundesliga sin pena ni gloria. Tras la reunificación (1990) presidió con acierto la Asociación de Jugadores, una especie de sindicato desde el que bregó por mejorar las condiciones de los futbolistas más modestos.


En la actualidad intenta tejer una red de escuelas de fútbol por todo el territorio de la antigua Alemania Oriental. Parece que por fin ha podido deshacerse del fantasma que tanto tiempo le persiguió (”ese tanto me supuso más daño que beneficios”). Vuelve a residir con Christa en Magdeburgo. Y ya nadie le señala con desdén por aquel gol en plena Guerra Fría.


Artículo íntegro extraído de: bloquedeleste.com

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