12/4/12

100 balas

Hacer un cómic de género negro no es, en rigor, demasiado difícil. Es casi tan simple como hacer uno de superhéroes. Basta con meter en la batidora una serie de clichés (héroes amargados y desesperados, heroínas de curvas peligrosas, traiciones, venganzas, balas, alcohol) y las cosas, con un mínimo de habilidad, salen solas.

 Y es que la comparación con los cómics de superhéroes no es gratuita. Se ha hecho tanto sobre el mismo tema que lo difícil es encontrar algo que añadir. Y que alguien sea capaz de construir algo genuinamente innovador, personal y con gancho sin despreciar uno sólo de esos clichés es un trabajo de genio. La serie 100 Balas del guionista Brian Azzarello y el dibujante Eduardo Riso es, en ese sentido, una auténtica genialidad. Podría llamarlo un soplo de aire fresco en un ambiente cargado, pero no le haría justicia. Es más bien una bofetada que te espabila y te inyecta adrenalina en el cuerpo.

 Conozcamos al agente Graves. Seco, veterano, curtido, siempre vestido con un traje inmaculado. Y siempre con un maletín de la mano. En ese maletín hay una pistola, cien balas irrastreables y pruebas irrefutables contra una persona que ha arruinado tu vida. Graves viaja a lo largo y ancho de los Estados Unidos ofreciendo a los marginados y los perdedores una oportunidad de venganza sin condiciones ni consecuencias. Aparentemente. 


Hay mucho que decir de la capacidad de Azzarello para mantener un argumento que fácilmente podría haberse agotado en pocos números. Quién es Graves y qué significa cuánto le rodea es algo que quizás desvele el autor en el número 100, al que según él llegará algún día. Mientras tanto, lo que empiezan siendo historias independientes con el único punto en común de la intervención demiúrgica de Graves van encajando poco a poco como un rompecabezas que toma forma. De este modo Azzarello mantiene equilibrada la tensión entre la frustración del lector al quedarse con preguntas sin contestar y su deseo de seguir leyendo.

Todas las conversaciones tienen un doble sentido, todos los personajes escupen sentencias lapidarias como martillazos. Las mujeres son atrevidas, peligrosas y descaradamente sexys; los hombres son duros, cínicos, y tienen el corazón roto. Todas las pistolas acaban disparándose y las navajas empapándose de sangre. Y nada de esto es sólo fachada, todo bulle de autenticidad. Cuando hablan los pandilleros la jerga callejera no suena prefabricada; cuando la acción transcurre en París, hasta el francés que se habla es perfecto.



 Se le puede criticar a 100 Balas el ser una serie extremadamente digresiva. Las viñetas se llenan constantemente de historias paralelas que no tienen relación con el argumento principal. Sin embargo esta es, para mi, una de las virtudes de la serie. No se esfuerce por ver la imagen de conjunto – dice en un momento Graves – la respuesta está aquí mismo en los detalles. 100 Balas es un gran historia de muchas pequeñas vidas, que se cifran y se definen en un sólo y brutal instante. Un cómic-mosaico que es, al mismo tiempo, una intriga rematadamente buena.

Pablo Fava (Papelenblanco.com)

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