Camino (El día en el que volví a creer en el cine español)



Como pasa con todas las grandes películas, mucha gente no comprende ni comprenderá Camino. Y quizá tenga bastante que ver con el momento que vivimos, en el que está tan de moda "satanizar" todo lo que tiene que ver con la religión, en especial la católica. Por ello, todo lo que signifique tratar los temas religiosos desde una perspectiva laica, poniendo en tela de juicio su valor moral, es percibido por los sectores afines al catolicismo como un ataque directo a su fe. Nada más lejos de la intención del director Javier Fesser que criticar a la Iglesia de Benedicto XVI. Aquí el único que sale mal parado es el Opus Dei.

Y es que la susodicha organización tiene mucha tela. Resulta que, por el hecho de nacer, todos somos culpables de un gran pecado, y la única manera de purgarlo y de acercarnos a Dios es mediante el dolor y el sacrificio. Pero sacrificio con mayúsculas, es decir, renunciar a todo lo que nos de el mínimo placer. Como cuando le recomiendan al personaje de Manuela Vellés que deje su costumbre de mirar escaparates para mostrar aún más su amor por Dios. Y es que, como bien se aprecia en esta película, esos extremismos religiosos que tanto hacen por "salvar" nuestro alma, al final acaban robándonosla. Coincidireis conmigo en que para estar orgulloso del sufrimiento y la inevitable muerte de una niña hay que tener una carencia considerable de alma como la que muestra el cura de la película.


Pertenecer al Opus Dei implica, entre otras muchas cosas, renunciar a ser completamente libre para seguir a rajatabla las indicaciones de un camino predeterminado con premeditación y alevosía. Un camino a recorrer con piloto automático: el de Monseñor Escrivá de Balaguer.

No considero, pues, que Javier Fesser se haya cebado desproporcionadamente con el Opus ni que en ningún momento su peli manifieste indicios panfletarios. Insisto en reiterar que su imparcialidad me parece encomiable y que lo que el espectador contempla no es más que un modélico extracto de los principios y el ‘modus vivendi’ de cualquier familia inscrita en dicha secta. Ni más, ni menos. Y si alquien se pica será porque ajos come. Digo yo.

Como ya digo, ni una solo referencia positiva o negativa hacia el catolicismo o la Iglesia, porque no es ese el tema que se trata aquí. La fe es entendida en la película de dos maneras: como única guía posible para lograr la felicidad, o como clavo ardiendo al que agarrarse ante la confusión que produce el simple hecho de vivir.



Es inevitable que Fesser muestre su clara afinidad por la segunda opción, pero sigue respetando a quienes eligen la primera. Y de paso, y muy sabiamente, nos dice que la figura de Dios no es la única fe que nos puede hacer afrontar la vida con optimismo. La fe en el amor puede ser todavía más grande, más valiosa. Todo un canto por el amor terrenal, que estamos seguros de que existe, en detrimento del amor divino, que más bien es fruto de ser un cuento infantil.


Puntuación: 9

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