Imponiendo el silencio




El presidente del gobierno y su partido, lenguaraces opositores apenas hace dos años, ganaron las elecciones con un programa de gobierno henchido de silencio sobre sus intenciones reales. Ganaron e instauraron un nuevo sistema de comunicación basado en la mentira para justificar medidas en favor de empresarios y financieros, la manipulación para apuntalar medidas contra los votantes y el silencio para resolver dudas sobre la corrupción con que han obsequiado al pueblo. Suyas son las ruedas de prensa sin preguntas, donde se silencia la incomodidad, o la magistral comparecencia de una pantalla de plasma tras el atril presidencial.

Dictaron silencio para Baltasar Garzón condenando al olvido, por segunda vez, las cunetas y fosas donde yacen restos de españoles doblemente asesinados. La misma sentencia sirvió de sudario para intentar envolver la Gürtel que compite con el silencio roto de los EREs. Silencio en Valencia y Galicia. En Baleares y Madrid, silencio. Silencio sobre el rescate a la banca. Evasores en silencio. Silenciosos defraudadores. Obediencia silenciosa y ciega a Merkel. El gobierno y el PP, ante el sufrimiento, guardan silencio, sospechoso, siniestro y cómplice silencio. O mienten.

Cuando rompe el silencio, cuando el gobierno toma la palabra, es para exigir silencio a los profesionales de la sanidad, a los de la educación, a los pacientes, a los estudiantes, a los padres, a los artistas, a los intelectuales, a los trabajadores, a los parados, a los mayores, al pueblo entero. Y para exigir sacrificios a quienes no disponen más que de sus vidas para sacrificar, exigir austeridad al pobre, comprensión al incomprendido, paciencia al desesperado, confianza al traicionado, ánimo al desalentado y silencio a todo aquel que necesita gritar ante tanta injusticia silenciada.

Silencio en las calles, en los hogares, individual y colectivo, público y privado. Silencio para empobrecer, para estafar, para recortar, desemplear, reprimir, golpear, multar y encarcelar. El presente silencioso que impone el gobierno no tiene más perspectiva que un futuro sordo y mudo a corto plazo y ciego a medio plazo, un futuro sin sentidos, artificial, inhumano. Se trata de un silencio de escalofríos, apenas protestado, dolorosamente soportado, el macabro y caníbal silencio de los peperos.
Y si fúnebres son los silencios practicados y exigidos desde Moncloa y Génova, clamoroso es el silencio de la Conferencia Episcopal ante tanta pobreza sobrevenida y dañino el sumiso silencio de gran parte del rebaño ciudadano. El del PSOE es el silencio de la derrota,el silencio de quien habló mal o de más cuando tuvo ocasión, el silencio preciso de quien no tiene nada nuevo y creíble que decir, es el silencio de quien hace tiempo dejó de ejercer como voz del pueblo.

Ante tanto silencio se alzan voces anónimas, voces de la calle, voces no profesionales, que trata de silenciar el bipartidismo que no las representa mediante una represión criminalizadora que las acosa, fustiga, amenaza y condena. Desde el poder sólo se permite a estas voces el uso de la palabra para entonar el mea culpa y pedir disculpas. Para hablar sin freno ni cortapisas, el PP y el gobierno se han hecho con los servicios de mercenarias lenguas que regüeldan y roznan, para deleite de sus incondicionales, desde la TDT y una prensa limosnera no apta ya ni para envolver viandas.

Históricamente, una de las peores amenazas hacia la democracia ha sido precisamente la imposición de la ley del silencio. En ello están.
Discúlpenme piratas financieros, corsarios laborales y bucaneros de hemiciclo,discúlpenme, no puedo callar. Ni quiero.

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