18/1/10

El club de Roma y la patraña del cambio climático


En el año 1968 se reunieron en Roma, científicos, políticos e investigadores de diferentes países, con la excusa de buscar soluciones a los cambios climáticos que se estaban produciendo en el planeta. Según ellos, dichos cambios se deberían, exclusivamente, a la "acción humana". Este grupo fue el primero en plantearse una situación de cambio climático en el planeta tierra como consecuencia de la acción humana, por lo que se les debería considerar, sin ninguna duda, los padres fundadores de la actual doctrina del cambio climático.


Es importante señalar que estos supuestos expertos medioambientales estaban, de una u otra forma, vinculados con las grandes potencias capitalistas.


Dos años después de la citada reunión, se constituye el llamado "Club de Roma" -formado por tecnócratas, dirigentes de empresas, e investigadores-, se legaliza bajo legislación suiza y cuenta con el apoyo financiero del mundo empresarial, a través de diversas fundaciones, entre ellas la fundación Rockefeller.


El "Club de Roma" ha elaborado múltiples informes sobre las medidas a tomar para frenar lo que ellos llaman "crisis ambiental", entre las instituciones que han participado en su elaboración, es curioso ver al Departamento de Estado de los EE.UU. y la CIA.

El mensaje final de todos estos informes es “que el Planeta está en peligro”, no por culpa de los países «ricos», sino porque los países «pobres» de la Periferia tienen un gran crecimiento de población y talan demasiados árboles. En definitiva, se sitúa la causa principal de los problemas en la explosión demográfica y la pobreza del «Sur», y no en la concentración de riqueza y formas de vida del «Norte»" (Ramón Fernández Durán).



Después de la cumbre de Roma, las «ideas verdes» mayoritarias son una excusa más, en la que se apoya el establishment, para dictar órdenes al Tercer Mundo; utiliza el problema medioambiental para reforzar su derecho a decir lo que hay que hacer, todo en interés (supuestamente) del medio ambiente mundial, para seguir tiranizándoles con el cuento de que «la protección medioambiental requiere una mayor flexibilidad con respecto a la soberanía nacional». Es decir, en este sentido, el ecologismo occidental mayoritario es intrínsecamente conservador puesto que sirve a EE.UU. y a Occidente, en general, para hacer de contrapunto ante las naciones tercermundistas, que obstruyen sus deseos. Hay quien incluso habla de «imperialismo medioambiental» (Alicia Stürtze).



Ejemplos de lo anteriormente dicho son los acuerdos trans-nacionales como el Tratado de Biodiversidad, con los que se está cediendo el control de grandes zonas de tierra al control de las Naciones Unidas (en África los parques son administrados por organismos exteriores sobre los que las personas y los Estados no tienen control) o la determinación de impedir el desarrollo industrial de los países pobres, todo ello con la excusa de frenar el cambio climático.



Se empieza a pedir a los ecólogos que determinen, tecnocrática y exactamente, la manera de vivir de los humanos: por ejemplo, se les pide que digan qué dosis de radiación no son peligrosas, o qué dosis de pesticidas; se les pide que determinen niveles máximos tolerables de emisiones de dióxido de carbono; incluso se les pide que indiquen densidades óptimas de población (al menos en los países pobres) para evitar que los pobres degraden el medio ambiente. Los organismos internacionales y los bancos multilaterales de ayuda al desarrollo económico hacen servir el concepto de capacidad de sustentación (sólo para países pobres) como base de nuevas políticas de «desarrollo sostenible».



Otra de las soluciones aportadas por estos "ecotecnócratas", es el encarecimiento del precio de los combustibles, como bien advierte Samir Amin: "El Club de Roma, hacía sonar la alarma, anunciaba la penuria generalizada y el agotamiento de los recursos naturales, preparando así el aumento de los precios de la energía y de las materias primas".



En realidad toda esta supuesta preocupación por el medio ambiente por parte de criminales de guerra, como Al Gore, o instituciones responsables de que más de un tercio de la población mundial viva en la más absoluta pobreza, como el BM o el FMI, no es otra cosa que una estrategia perfectamente diseñada, para someter a la humanidad a los intereses de las multinacionales y sus propietarios, y en ocasiones se asemeja mas a la propaganda que a análisis científicos serios.



Al igual que otras falacias como el "terrorismo internacional" o la más reciente "gripe A", la paranoia del cambio climático (think tank, ideado y creada por personajes con estrechos vínculos con los grandes círculos de poder económico y propagado a través de multimillonarias películas y reportajes holywodienses), se está revelando como una poderosa arma de control social, a nivel mundial.


Una cosa está clara y es que el poder siempre ha utilizado el miedo como una herramienta de control social.



Fuente: Kaosenlared.net

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