CRÓNICAS DE INDOCHINA: ANGKOR I (Y LA PESADILLA DE UN FOTÓGRAFO)


NOTA: Todas las fotografías de este post han sido realizadas con un teléfono móvil.






Estamos en Siem Riep (Camboya), una anodina, turística y nada bonita ciudad dormitorio de 147.000 habitantes que sólo sería una más de entre otras del sudeste asiático si no llega a ser porque está a escasos 7 km. de uno de los lugares más fascinantes del planeta Tierra. La ciudad de Angkor, capital del Imperio Jemer.


Night Market de Siem Riep, perfectamente diseñado para el ocio y el consumo del turista




Las inmensas construcciones de Angkor, situadas entre densos bosques selváticos y arrozales, son uno de los complejos arquitectónicos más espectaculares del mundo. Supongo que la mayoría de nosotros  tenemos en nuestras retinas la icónica imagen de postal de su templo principal: Angkor Wat. Pero el grandioso complejo arqueológico es mucho más que el inequívoco emblema de Angkor Wat que incluso sirve como símbolo de la bandera nacional de Camboya.

Angkor Wat, tan sólo es una pequeña parte de una ciudad donde se contabilizan hasta 910 monumentos y en su máximo esplendor llegó a albergar sobre un millón de personas, la ciudad más habitada del planeta en la Edad Media.

Y es en este punto, donde tiro de información externa para haceros un pequeño resumen sobre el auge y decadencia del imperio Jemer y su capital: Angkor, ya que la ocasión lo merece:





El Imperio Jemer, en la actual Camboya, es una de las grandes civilizaciones de la Historia, y una gran desconocida en occidente. Entre los siglos IX a XIII fue el imperio más poderoso del sureste asiático, un reino floreciente de templos inmensos rodeados de agua, y con una capital, Angkor, de cientos de miles de habitantes. El reino fue reencontrado en el año 1860 por el viajero francés Henri Mouhot, desde entonces se han descubierto y restaurado más de 100 templos de piedra, de dimensiones gigantescas colmados de magníficos bajorrelieves, que nos informan de como era la vida en este esplendoroso reino.

Esta civilización, gozó de una gran prosperidad durante más de seiscientos años, en los que experimentó una considerable expansión a costa de sus estados vecinos. A medida que el imperio aumentaba su importancia, la capital, ubicada en la llanura de Angkor, crecía en tamaño y población. Hasta que en el siglo XV desapareció misteriosamente. Durante muchos años, los arqueólogos se han preguntado cómo es posible que una ciudad con un tamaño similar al área metropolitana de Nueva York y que llegó a albergar a cerca de un millón de habitantes acabase convertida en ruinas y engullida por la selva. 




Una teoría de la que se hacen eco la Agencia Tigris, intenta arrojar algo de luz sobre esta cuestión. Según numerosos historiadores, el esplendor del Imperio jemer se asentó sobre su dominio del agua. Originalmente la llanura de Angkor estaba ocupada por espesas junglas que se inundaban tras las lluvias monzónicas. Los jemeres construyeron una extensa red de canales y embalses para gestionar toda esta agua, de forma que podían evitar las inundaciones a la vez que abastecían enormes extensiones dedicadas al cultivo de arroz y acumulaban reservas hídricas para la estación seca. 

Esta red de canales, que llegó a alcanzar superar los mil kilómetros de conductos, es posiblemente la obra de ingeniería más avanzada de su época. Sin embargo, estos grandes avances fueron posiblemente los culpables del colapso del imperio pocos años después de alcanzar su máximo apogeo. Para poder construir su gran capital y los asentamientos circundantes, además de las plantaciones de arroz necesarias para alimentar a una población cada vez más numerosa, los jemeres tuvieron que deforestar casi toda la llanura de Angkor. 





La ausencia de árboles rompió el ciclo natural de las lluvias, generando épocas de sequías y lluvias más torrenciales en la época del monzón. Estos violentos aguaceros, unidos a la deforestación, erosionaron el suelo convirtiéndolo en inservible para la agricultura. Además, los sedimentos que arrastraba el agua acabaron cegando muchos de los canales e incluso algunos de los inmensos embalses, dejándolos completamente inservibles. 

Tras soportar varias décadas en estas condiciones, la red hídrica de Angkor acabó colapsándose. Sin posibilidad de cultivar, sus habitantes se vieron obligados a abandonar la inmensa ciudad. Poco a poco, las ruinas de Angkor fueron devoradas por la selva y la inmensa capital del Imperio jemer cayó en el más absoluto de los olvidos.




Con todos estos datos sobre la mesa, no es de extrañar que nos encontremos en un lugar atestado de visitantes y que no sólo ha sido engullido por la jungla, la invasión de turistas es más que latente, entre los que yo me incluyo, una vez más, uno empieza a darle vueltas al clásico debate de limitar el número de visitantes o prohibirlos directamente. 

En mi opinión, sería bastante injusto privar al mundo de esta maravilla que todos deberíamos ver una vez en la vida, ni que decir tiene el golpe letal que supondría para la economía de la zona y en definitiva para el país, uno de las principales fuentes de ingresos de Camboya, más allá de esa superioridad moral de los "cuñados" occidentales que se ofenden por ver turistas en los lugares que ellos van a visitar y que hay que defender a toda costa el Patrimonio de la Humanidad.

Dicho esto y centrándonos en los dramas de un turista del primer mundo, imaginad lo que supone para un fotógrafo aficionado, estar en uno de los lugares más fotografiables del mundo, desenfundar por primera vez la cámara réflex en el inicio de la ruta del primer día y comprobar que tu Canon ha dejado de funcionar, justo aquí, en el primer templo, uno normalito que se hace llama Angkor Wat, nada más y nada menos...

Los nervios y la tensión tras manipular la cámara intentando solucionarlo pasan a la rabia y a la impotencia, la cámara no reconoce ninguna de las tarjetas SD, inexplicable el fallo de una cámara que quizá lleve muchos kilómetros encima.

De la rabia pasamos a la resignación, tras soltar toda clase de maldiciones en suelo sagrado, damos por perdida nuestra cámara de fotos para el resto del viaje, nos tendremos que conformar con la polivalencia de la cámara de un teléfono chino, que es como intentar comparar un Porsche Cayenne con un Dacia Sandero. 

La pesadilla de un fotógrafo se hace realidad, pero "the show must go on".


ANGKOR WAT 

Este espectacular complejo, el templo religioso más grande del mundo, fue construído en en el siglo XII estuvo dedicado en su origen al dios hindú Visnú, protector de la creación, su diseño se basa en una mandala del cosmos hindú. En el centro del complejo se alza un templo con cinco torres con forma de flor de loto que representa el centro del universo.






El muro exterior simboliza los límites del mundo y el foso, el océano cósmico (muy loco todo). Lo que realmente es sorprendente son las intrincadas tallas que decoran los muros, como un panel de 600 m. con bajorrelives y unas 2.000 tallas de apsaras (bailarinas celestiales), al contrario de lo que suele ser habitual en todos los templos jemeres, Angkor Wat está orientado hacia el oeste, lugar por donde se pone el sol y simboliza la muerte.








ANGKOR THOM

Nuestra segunda cita del día será con el complejo más grande en extensión de los templos de Angkor, y para mí el más espectacular en su conjunto: Angkor Thom, cuyo nombre significa gran ciudad en jemer, fue fundada por el rey Jayarvaman VII a finales del siglo XII y destaca por su bella arquitectura, esta ciudad está protegida por un muro de 8 m. de altura y unos 13 km. de longitud, al igual que su predecesora, está protegida por un foso, existen 5 puertas de acceso a Angkor Thom, cuatro de ellas orientadas a los puntos cardinales y una quinta en el extremo este, todas ellas decoradas con cuatro gigantescas caras de piedra. 


Puente de acceso a la puerta sur de Angkor Thom



Dentro de la ciudad podemos encontrar diversas ruinas, pero ninguna está a la altura del majestuoso y misterioso templo-montaña de Bayon., ubicado en el corazón de Angkor Thom, es una de las estructuras más extraordinarias que mis ojos han visto, se alza en tres niveles y posee 54 torres con más de 200 enigmáticas y gigantescas caras de piedra con extrañas sonrisas mirando a los cuatro puntos cardinales, se cree que representan al bodhisattva Avalokitesvara, en los niveles inferiores de Bayon, podemos encontrar los bajorrelieves más bellos de Angkor donde aparecen representadas escenas cotidianas de la época.








Dentro de la antigua ciudad de Angkor Thom podemos encontrarnos también con el templo-palacio de Phimeanakas, también conocido como el palacio celestial, El templo piramidal de Baphuon, y las terrazas de los elefantes y el rey leproso.


Pasarela de acceso a Baphuon

Terraza del rey leproso

Baphuon



Phimeanakas




BANTEAY SREI

 Nuestra ruta del día continúa con el templo más alejado de Angkor, a unos 32 km. que vienen a ser 50 min. en tuc-tuc, para disfrutar de las exquisitas tallas del remoto templo de Banteay Srei, también conocido como la Ciudadela de las mujeres. El complejo construído en arenisca roja, fue fundado por monjes hindúes  en la segunda mitad del siglo X, contiene altares ornamentales dedicados al dios de la destrucción: Siva.













BANTEAY SAMRÉ

Y finalizamos la jornada en el templo de Samré, cercana a una pequeña aldea en la parte este de Angkor, fue realmente el único templo en nuestro periplo por Camboya donde realmente llegamos a estar solos sin cruzarnos con ningún otro ser humano, en ocasiones queremos sentirnos especiales y nos imaginábamos que eramos unos exploradores que acababan de descubrir esas ruinas, fue la única vez donde pudimos apreciar el silencio del lugar...







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