GILEY: UNA DE NOVELA NEGRA MANCHEGA

GILEY (Julián Ibañez, 2010, RBA - 208 páginas)



El giley es un juego antiguo. Los monarcas se jugaban a las cartas los doblones de oro y a veces el reino... algunos, como el policía Cobos, se juegan la vida. Cobos, descendido de Madrid al paisaje ocre de Puertollano, es un policía que regenta un garito ilegal donde juegan quinquis, chulos y borrachos y, en teoría, se enc arga de Lesiones y Menores en la comisaría. 

Fardón y farolero, a Cobos le agrede en el portal de su propio garito una rubia ceñida a un vestido rosa calabaza y que no tiene el gusto de conocer, pero a quien comenzará a buscar como una novia despechada. Tres días después, la Guardia Civil la saca de un riachuelo cerca de Puertollano y Cobos se dará cuenta de que, por presumir, ha repartido cartas de sospechoso en una partida que acabará entre rejas o aún peor.




No es lo mismo La Mancha que Manhattan por poder dos lugares de raigambre literaria, en nuestros días trasladar el escenario de la trama a Puertollano es de audaces y de más audacia aún mostrarnos unos personajes y un paisaje ocre, como comentan en la contraportada, violento, bizarro, esquinoso, nada complaciente, tipos que viven en la cuerda floja y donde la ternura queda para los recuerdos de la infancia. Nada en Ibáñez, o al menos en esta obra del autor pues su carrera es muy dilatada, es delicado, ni sumiso, ni fácil. 

La carrera de Julián Ibáñez en la literatura tiene muchos jalones, personalmente me gusta más cuanto más se interna en el panorama manchego, cuanto más natural es y sobre todo cuanto más ficción le echa. No es cuestión aquí de reivindicar la obra de un escritor de este nivel, aunque tendría que serlo, pero a estas alturas me es imposible no reconocerle como uno de nuestros activos más importantes en la novela negra. Sé que no es muy conocido, que su mundo es muy brusco y algo casposo, sé que no venderá muchos ejemplares, pero cuando tomo una novela de este autor sé de sobra lo que hay detrás y no es otra cosa que buena literatura. De la de verdad. No todo van a ser batallitas de clase media con sus dudas existenciales en las terminales de aeropuertos internacionales. La literatura de verdad tiene siempre bastante de descarnado, que se lo digan a Steinbeck, Faulkner o a Bukowski por poner a tres.

Crítica: Revista Prótesis

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