Por si lo lee alguien

Este es un artículo que leí ayer y que me gustó bastante, no sé si lo leerá mucha gente ni por qué lo escribo realmente (o tal vez sí). De todos modos ahí queda y que cada perro se lama su cipote

"Parece que los seres humanos nos pasamos buena parte de la vida pendientes del amor, ese extraño sentimiento que nos lleva a destacar a una persona entre todas las demás y a aspirar normalmente a establecer con ella una vida en común (más o menos, ya me entienden). Debe de ser cierto que el amor es un autentico misterio, a juzgar por la cantidad de neuronas que le hemos dedicado desde que la historia es historia: millones de poemas y narraciones y músicas y tratados filosóficos, vidas sacrificadas en su nombre, interminables horas dedicados a sentirlo y hacérselo sentir al otro, a gozar de él y a sufrir como perros por su causa, a hablar una y otra vez del placer o el dolor que nos causa, a ahondar en las beatíficas felicidades y crueles estados de depresión a él debidos. Sí, debe de ser un profundo misterio, porque una vez el profesor Severo Ochoa me dijo que la vida había perdido para él todo el sentido después de la muerte de su mujer, confesión que desmintió de un plumazo la sencilla explicación que acababa de darme sobre el amor, entendido por él como un puro proceso de física y química...

Pues no, no voy a hablarles a ustedes de eso. No les daré la tabarra una vez más. Quiero, por el contrario, escribir aquí sobre la amistad, ese sentimiento que, al contrario que el amor, tan patológicamente idealizador, nos lleva a querer y respetar a las personas tal cual son. Gentes diversas, a menudo radicalmente distintas a nosotros mismos, y a quienes sin embargo nos unen extraordinarios lazos que casi siempre se prolongan durante toda la vida. Dicho esto, les confieso que no alcanzo a comprender cuál es la razón por la que los humanos solemos colocar el amor tan por encima de la amistad, al menos a juzgar por la poca energía que parecemos dedicarle y lo poco que reflexionamos y peroramos sobre ella. Da la sensación de que no nos parece misterioso que dos personas, por ejemplo, se conozcan a los seis años, compartiendo el pupitre en la escuela, y alcancen la vejez queriéndose y entendiéndose a pesar de no tener casi nada en común. Como si no fuera maravilloso que dos seres sepan siempre, con total seguridad, que, pase lo que pase, podrán contar el uno con el otro, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza...
Si hubiese un rito que institucionalizase la relación entre amigos, digo yo que sería precisamente ahí donde habría que decir esas palabras, corriendo muchos menos riesgos de mentir o engañarse que al repetirlas en el momento de dar carta de naturaleza legal al amor. Pero, por suerte para la amistad, ella no necesita papeles, ni ceremonias, ni juramentos de eternidad. Simplemente es, y eso le basta.

Permítanme pues que haga aquí un canto a mis amigos, un bolero en prosa y sin música, pero acaramelado y conmovido como cualquier bolero de amor que se precie: Ay, amigos míos, ¿que seria de mi sin vosotros, mis viejas (es un decir) e inquebrantables amigos de la infancia, mis compañeros de risas de aventuras adolescentes, mis serenos amigos de la madurez. No puedo concebir mi propia historia sin vuestra presencia calidad, sin las confidencias eternas, las tardes de compras, los libros compartidos, las cenas luminosas, las ilusiones conjuntas, los consejos prudentes, las risas fáciles, las discusiones enriquecedoras, la penas divididas, los acogedores hombros y las manos acariciadoras de todos vosotros, mis queridos amigos del alma, aquellos con cuyo cariño no puede el tiempo, ni la distancia, ni las ideas, ni las arrugas, ni la penuria, ni las disputas, ni tan siquiera el amor.”

Sardo

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